Hoy hace tres años de ti. Tres años hace que entraste en mi vida. Tres años que te llevaste un trozo de mí.
Me levanté con todo listo, una ducha rápida, y un camino en coche hacia el hospital. Ese día me llevaban. Llegué con el temor de quedarme allí más tiempo del que yo quería. Tú te hacías de rogar, no querías salir, y ya no podíamos esperar más. Tenías que salir a la vida, entrar en el mundo y respirar por tu cuenta.
Después todo fue rápido. El médico me dijo que ya estaba lista, que tenía que empezar con el proceso. Que tú ya no querías esperar más. Así que me cambiaron de habitación y empezamos.
Cuando ya estabas para salir, una sorpresa nos tenías aún guardada. Venías de cara, querías verlo todo y estabas impaciente. Pero así no podías nacer y los médicos se prepararon para sacarte de otra manera. Al final mi barriga fue tu puerta a nuestro mundo. Saliste pronto, y a pesar de que me previnieron de tu cara hinchada, cuando te vi, solo pude decir “qué bonita”. Se rieron de mí. No me importó. Eras preciosa.
Tuve que esperar para verte de nuevo. Esas horas fueron eternas. Sabía que otros te disfrutaban, mientras yo esperaba, minutos eternos, horas interminables. Y tú sin mí, y yo sin ti.
Cuando volví a verte, lo primero que hice fue llevarte a mi pecho, te agarraste a él como sí lo hubieras estado haciendo años, algo innato. Estábamos complementadas, éramos dos seres en uno.
Ahora han pasado tres años de aquello, y aún lo recuerdo como si fuera hoy. A tu lado he aprendido cosas nuevas, tú me enseñaste a dormir juntas, aprendí de ti la independencia. La sonrisa sin final, los bailes a destiempo, la lengua de trapo.
Tú me has dado los brazos, los besos pegajosos, los abrazos eternos, los te quiero más del mundo. Tú me has dado amor incondicional.
Te
quiero, te amo con locura.











