Vuelven
a ser invisibles las gotas que caen por mis mejillas. Ya no me ves a pesar de
estar a tu lado. Tus ojos están sumidos en la oscuridad de tu silencio. Y yo me
desintegro en tus alientos, me deshago en tus olvidos. Desaparezco y me hago
pequeña.
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11/11/15
9/11/15
Franela, cuero y encaje
Paseando
por la calle, un escaparate me llamó la atención. Era una tienda nueva de
lencería femenina, medias y calcetines adornaban el cristal. Pero no era eso lo
que me había llamado la atención, una especie de corpiño negro y ajustado
vestía un maniquí. Nada de encajes, es más, estaba segura de que era cuero.
Una
sonrisa me iluminó la cara, me imaginé con aquello puesto y con un látigo en mi
mano, unos tacones de aguja y mi pelo largo recogido en una cola. A mi marido
le daría un infarto nada más verme. Seguí de largo, tenía que recoger a los
niños de inglés, y no quería llegar tarde.
Aquella
noche, después de dar la cena y de acostar a mis tres bichitos, me senté con mi
pijama de franela en mi esquina del sofá. En el otro lado descansaba ya mi
marido, él menos caluroso que yo, iba en calzoncillos y camiseta de manga
corta. Lo miré mientras el cambiaba de canal buscando la misión imposible de
encontrar algo en la tele que nos llamara la atención.
- ¿Qué
quieres ver?
- Lo
que tú quieras cariño.
Esa fue
nuestra conversación. Nuestra vida matrimonial se había enfriado después de
tres embarazos, tres partos, carreras con los niños de un lado a otro, comidas
familiares, trabajos, salidas con los amigos.
Cuando
llegábamos a la cama, estábamos tan cansados que la libido quedaba rezagada a
un segundo plano. Los momentos de pasión se habían olvidado, dejados a un
segundo plano. Algún momento rápido mientras los niños veían la tele, en el
cuarto de baño, que es la única habitación que tiene pestillo, o alguna noche
que no nos quedáramos dormidos en el sofá.
Mirándonos
a los dos, yo sin depilar, el sin duchar, los dos dejados a la desidia de un matrimonio
de muchos años, decidí que estaba harta, que yo no era una mujer de 80 años
encerrada en un cuerpo de treinta y tantos. Yo todavía tenía mucha guerra que dar,
y no necesitaba ningún señor Grey que me lo recordara. Yo me iba a convertir en
la envidia de toda mujer, incluida la mojigata sosa de Anastasia Steele.
Según
recordaba, a mi marido no se le daba nada mal, y a mí tampoco. Juntos
funcionábamos muy bien, así que ¿por qué no volver a funcionar?
Mañana
mismo me pasaría por un par de tiendas, incluida la de lencería sexy de aquella
tarde.
- ¿Por
qué me miras tanto?
Una
sonrisa se dibujó en mi cara. No iba a dejar para mañana lo que podía empezar
hoy. Me levanté, le quité el mando de la tele y poco a poco, sin prisa, me fui
desabrochando los botones de mi pijama de franela.
3/11/15
Breaking Vamp. Capítulo III.
Esta es la tercera parte de una novela que estamos escribiendo varios escritores de Relatos Extraordiarios. A mí me ha tocado este capítulo. Pero sí queréis empezar a leer desde el principio aquí tenéis la novela actualizada con todos los capítulos anteriores.
Jimmy
conducía el Mercedes por carreteras secundarias a más de doscientos kilómetros
por hora. A pesar de estar la policía alertada de no parar su coche, prefería
pasa desapercibido ante las miradas curiosas de los humanos, así que no cogía
las autopistas.
Beethoven
sonaba a todo volumen con su Claro de
Luna envolviendo el coche con sus notas. Jimmy pensaba en el pobre ser que
acababa de matar, sabiendo que hace unos años él podría haberse encontrado en
la misma situación. Suerte que conoció a Donald. Él fue el que lo sacó de aquel
infierno.
Rock is dead de Marilyn Manson lo sacó
de sus pensamientos.
- Jimmy
Red al habla.
- Soy
yo, Jimmy. Cambio de planes. Me ha llamado Thomas. Necesita nuestra ayuda, está
en peligro.
- ¿Qué
le pasa ahora al bueno de Thomas? ¿Demasiados cadáveres acumulados?
Jimmy
no entendía la relación de Donald con Thomas. Se conocían desde hacía mucho
tiempo, sí, pero eso no le daba motivos para seguir ayudando a un vampiro que
seguía alimentándose de los humanos a mansalva, sin importar las consecuencias.
- No
tenemos tiempo para tus ataques. Sabes dónde tienes que ir. Te esperaré allí.
No tardes.
- ¿Y qué
hago con la carga?
-
Quémala, desafortunadamente no nos servirá de nada.
- ¡Y
una mierda! Después de lo que me ha costado encontrarla.
- Jimmy
quémala y vente para aquí sin perder tiempo.
La
llamada se cortó y volvió a sonar Claro
de Luna en la radio. Jimmy gritó con rabia, sabiendo que tenía que hacerle
caso. La carga no llegaría. Y se expondría a muchas preguntas incómodas sí
encontraban la bolsa hermética.
Estaba
harto de Thomas, ya habían tenido que salir en su ayuda más de una vez. Se
exponía demasiado, y los humanos terminaban por descubrirlo. La última fue en
una fiesta. Había enamorado a una guapísima millonaria que lo estaba
subvencionando en sus investigaciones.
La
guapa millonaria, no era millonaria por méritos propios. Estaba casada con uno
de los hombres más ricos del país. La fiesta se organizó en la mansión que
tenían en el campo. Y fueron muchos de los hombres y mujeres más influyentes.
Thomas decidió que era buena idea acostarse con aquella mujer en la habitación
del viejo millonario. Tenía pensado convertirla y hacerla su banco particular.
Pero se torció todo aquella noche.
Uno de
los guardaespaldas del señor Moore pilló a los amantes en mitad del acto. La
sangre bañaba las sábanas blancas y la señora Moore cabalgaba a lomos de su
vampiro. No le dio tiempo a matar al guardaespaldas antes de que este avisara
al resto de los guardias.
Una
docena de muchachos fornidos entraron en la habitación. Thomas no previó que
entre ellos hubiera vampiros. Aun así eran jóvenes y consiguió acabar con
todos. Otros de la guardia intentaban sacar a los invitados sin que vieran nada
de lo que pasaba en el piso de arriba. Pero una viuda curiosa se acercó a ver
que causaba tanto jaleo. Fue partida en dos en medio del pasillo mientras huía,
la sangre cayó por la barandilla junto con los trozos desmembrados de la
señora. Muchos de los invitados vieron aquello.
Thomas
llamó a Donald en medio de aquella masacre, y siguió matando y mordiendo
invitados. Cuando nosotros llegamos el escenario era atroz. No quedaba nadie
con vida. El señor Moore había escapado y la señora Moore yacía en la cama
desangrada con una mueca de felicidad en la cara. Thomas la observaba a los
pies de la cama.
Se
maldijo mientras aceleraba el Mercedes por aquellas carreteras, se paró en un
desierto, sacó la bolsa, la embadurnó de gasolina y le acerco su zippo.
Salió
de allí antes de que las llamas alcanzaran su mayor apogeo. Tanto trabajo para
nada.
Intentó
tranquilizarse y se abrió un brick de aquel sucedáneo que lo alimentaba.
28/10/15
El no ya lo tienes
María
se despertó en mitad de la noche con una sonrisa en la boca y un sudor frio que
le recorría el cuerpo. Se acercó a su marido para terminar lo que había
empezado en sueños. A medio camino se detuvo. Él se tenía que levantar temprano
y le esperaba un día duro. Le diría que no y ella se quedaría con las ganas y
enfadada. Así que se dio la vuelta y en la oscuridad dio rienda suelta a sus
deseos.
Lo que
no sabía María es que su marido la había esperado desnudo en la cama hasta que
ella terminara de ver aquella maldita serie que no acababa nunca. Y que cansado
de esperarla se había vuelto a poner los calzoncillos y se había dormido. Lo
que no sabía María es que la fantasía de su marido era que lo despertara en
mitad de la noche para hacer el amor.
Juan
llegó a casa cansado del día horroroso de trabajo, se había pasado el día
peleándose con sus empleadas y ya no podía más. Cuando llegó se encontró a
Marta de puntillas, intentando coger algo del armario de la cocina. El vestido
se le había subido un poco, dejando ver la parte alta de sus muslos, suficiente
para imaginar sus tersas y prietas nalgas. Juan se imaginó agarrándole los
pechos por detrás y subiéndola en la encimera, dando rienda suelta a sus más
bajos instintos.
- ¿Me
ayudas?
La
frase de Marta lo bajó de las nubes y cambió de opinión mientras bajaba el
tarro de lo que fuera e intentaba esconder su erección.
Lo que
Juan no sabía, era que su mujer se había puesto aquel vestido sin sujetador
porque una vez le había dicho que estaba sexy con él puesto. Lo que Juan no
sabía era que Marta se había pasado la última media hora leyendo un libro
erótico y esperaba a su marido con avidez.
Luis y
Natalia veían la película en el cine acurrucados. Natalia tenía su cabeza sobre
el pecho de su marido. Estaban a gusto. Sin niños. Viendo una película sin
cortes. De pronto en la pantalla una escena de sexo. Natalia notó las ganas
removiéndose en su interior. Pensó en abrirle los botones del pantalón a su
marido uno a uno, meterle la mano y tocar aquello que tanto ansiaba. La escena
pasó y se contuvo.
Lo que
Natalia no sabía era que su marido miraba su escote abierto, y que se le veía
un trocito de sujetador. Su marido excitado quería meter la mano y tocar el
motivo de su deseo. Pero se retuvo al ver que su mujer volvía a su asiento a
beber agua.
Moraleja:
El no ya lo tienes. Nunca sabes lo que te estás perdiendo si no pides lo que
quieres.
24/10/15
Leyendas cibernéticas
Lola
estaba sentada a las dos de la madrugada delante de su ordenador. Sus hijos y
su marido dormían a pierna suelta. Y ella sin poder conciliar el sueño una
noche más, se dedicó a leer las historias de miedo que tanto le gustaban.
De
pronto se fijó en una página que se llamaba “Leyendas cibernéticas”. Entró en
una página adornada solo con los colores negro y rojo. Las letras blancas destellaban
sobre la pantalla. Entró en la primera que había y empezó a leer. No era nada
del otro mundo, espíritus que matan gente.
Siguió
leyendo dándole una oportunidad. Una mujer con insomnio leía en el ordenador
historias de miedo. De pronto en la pantalla vio reflejada la figura de un
hombre. Lola se dio la vuelta instintivamente. Allí no había nadie. Volvió a su
historia, y allí en la pantalla estaba la figura de un hombre reflejada. No se
atrevió a darse la vuelta. Siguió leyendo como si la vida le fuera en ello. Todo
lo rápido que podía. La protagonista había empezado a chillar, mientras el
hombre a su espalda se acercaba lentamente.
Al día
siguiente se encontraron a Lola muerta de un infarto frente al ordenador.
22/10/15
El cementerio
Los
cinco de negro, ataviados con capuchas. Nuestros pasos se dirigían directamente
al cementerio del pueblo. Como en todos los pueblos siempre se decía que se
oían voces y los muertos salían de sus tumbas. A nuestros dieciséis años, estábamos
sedientos de aventuras.
Yo llevaba la ouija, Laura la botella de tequila que le había robado a su madre y los demás seguían nuestros pasos cogidos de la mano.
Lo que pasó aquella noche no se lo hemos contado a nadie, hasta hoy.
Nos sentamos ante las lápidas más antiguas del cementerio, en círculo con la tabla en medio. Sabíamos que por la mañana aquello se llenaría de vivos visitando a los muertos que ahora visitábamos nosotros. Fuimos pasando la botella, y bebiendo, mientras nuestras manos se deslizaban por la tabla.
Cualquier sonido era motivo de un grito ahogado, mirábamos a nuestras espaldas continuamente.
De repente susurros a nuestro alrededor, sombras acercándose a nosotros con sus manos acusadoras en busca de alguna víctima.
- ¡Arriba holgazanes! ¡Qué poco respeto a los muertos!
El sepulturero nos zarandeaba, mientras cientos de ojos nos miraban reprochando nuestra conducta. El sol nos deslumbraba. Nos habíamos dormido.
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