Hace
dos años murió mi mujer. No fue una larga enfermedad, simplemente una mañana me
la encontré muerta en el sofá. Yo me acosté antes que ella mientras ella veía una
de esas películas de amores que tanto le gustaban.
A la
mañana siguiente me la encontré en la misma postura en la que la dejé, con la
televisión encendida y fría como el hielo. Tenía 62 años. Joven para morir.